(Trabajo realizado para la asignatura Género y Desarrollo)
Según diversos estudios las personas neurodivergentes, especialmente autistas, tienen una tasa mayor que las personas neurotípicas de identificarse como personas trans o más ampliamente en el espectro de la disidencia del género; de igual manera las personas trans tienden a comprenderse a sí mismes como neurodivergentes más a menudo que las personas cis. Si bien este hecho está ampliamente aceptado dentro de estas comunidades y es acogido y celebrado con orgullo, desde las narrativas capacitistas y cissexistas omnipresentes en la medicina y la psiquiatría la correlación entre estas dos formas de divergencia de la normatividad es habitualmente marcada desde una perspectiva patologizante a través del concepto de comorbilidad en busca de una ontogénesis común con miras a, como diría el refrán, matar dos pájaros de un tiro.
En nuestro tiempo, en el que estamos asistiendo a una ola reaccionaria patriarcal y un consecuente reforzamiento de la normatividad de género, especialmente en forma de la proliferación de discursos esencialistas que niegan la existencia de las personas trans, esta narrativa de la “comorbilidad” se ha vuelto aún más explícita en su carácter eugenésico. La idea de que la diversidad de género no es sino una confusión, un síntoma, provocado por una “deficiencia” mental subyacente, por una incapacidad para adaptarse a la sociedad, ha sido usada infinidad de veces como excusa para negar atención sanitaria a personas trans neurodivergentes; para poner en duda la transición, médica e incluso social, de género en su conjunto y, en última instancia, para promover una retórica normativizante que suprima toda forma de desviación del género patriarcal. En el contexto español durante el debate social provocado por la propuesta de la llamada “ley trans” este fue uno de los múltiples argumentos enarbolados por los ideólogos anti-trans que trataban de relacionar la transición de género con la enfermedad mental, por un lado, y con la confusión infantil y adolescente, por otro. Por ejemplo, podemos encontrar un artículo de OKDIARIO titulado “Una investigación revela que el 97% de menores trans tiene autismo [sic], depresión u otros problemas mentales” y esta idea incluso llegó al parlamento madrileño de la boca de un diputado del PP y se encuentra también en los discursos del movimiento TERF, como en el caso de Alicia Miyares, y en las instituciones de boca de la entonces vicepresidenta del colegio de médicos de Madrid.
La máquina biopolítica se pone en funcionamiento para marcar a aquellas personas que se desvían de la normatividad y encauzarlas de nuevo hacia una identidad re/productiva, mientras tanto estas comunidades construyen discursos contrahegemónicos para dar sentido a sus experiencias dentro de un sistema que las cataloga de personas locas, rotas y anormales. Mi propósito en este trabajo consiste en examinar este choque de retóricas para comprender la intersección entre autismo e identidad trans y, especialmente, contrarrestar las violentas narrativas de la psiquiatría y la medicina. En un primer apartado analizaré estas narrativas patologizantes y las violencias que ejercen sobre los sujetos que después denominaremos neuroqueer. Después, a través de una crítica al normativismo presente en estas retóricas plantearé una propuesta en línea con la perspectiva neuroqueer de Melanie Yergeau que dé cuenta de la realidad de la correlación entre autismo y disidencia de género sin caer en retóricas normativizantes y eugenésicas y promoviendo en su lugar una futuridad neuroqueer. Por último plantearé el lugar que el contra/autodiagnóstico tiene dentro de estas comunidades de resistencia, así como sus riesgos y sus potencialidades como estrategia política.
En la actualidad la teoría más aceptada en círculos académicos sobre la etiología del autismo es la que lo relaciona con una carencia en la «teoría de la mente» acuñada y popularizada por Simon Baron-Cohen, Uta Frith y Adam M. Leslie, algunos de los nombres más célebres en este campo, en su artículo Does the autistic child have a theory of mind? [1] De acuerdo a esta propuesta, basada en una teoría modular de la mente, las personas autistas se caracterizan por una carencia en o una ausencia absoluta de una teoría de la mente, esto es, de la capacidad de atribuir y representarse los estados mentales de los otros. Esta teoría se enmarca dentro del paradigma conocido como el modelo médico del déficit [2] que atribuye a las personas neurodivergentes alguna forma de carencia constitutiva en relación con el sujeto “normal” que dificulta su integración en la sociedad. Siguiendo esta idea se han popularizado múltiples experimentos, como el “test de Sally-Anne”, [3] que tratan de poner de manifiesto la supuesta anormalidad de las personas autistas. Estos tests han sido ampliamente criticados y se han planteado otras explicaciones para la diferencia de resultados entre niños autistas y alistas, por ejemplo, que esta se debe más a una cuestión de desarrollo lingüístico que empático; [4] o apuntando, como hace el investigador autista Damian Milton, a la posibilidad, no de una ausencia de una teoría de la mente, sino de la presencia de dos teorías de la mente distintas y de problemas de comunicación entre ambas y un sesgo que prima la teoría de la mente alista como la “normal”. [5]
Como señala Melanie Yergeau la concepción hegemónica del autismo atribuye a este una carencia insalvable de alguna de las características que históricamente se han asumido como representativas del ser humano, tales como la retórica, la intencionalidad, la capacidad simbólica, la empatía o incluso la agencia. [6] Estos discursos, en su producción de aquello que se considera humano, producen performativamente también lo que es no-humano en tanto aquello que queda excluido y conforma el límite constitutivo de la humanidad. [7] Negar empatía a las personas autistas mientras simultáneamente se proclama esta capacidad como una característica esencial de lo humano no es sino una acción performativa cuyo efecto es la negación, no ya de la capacidad de empatía, sino del derecho a la empatía de estos sujetos. Las propuestas de la teoría de la mente como las de Baron-Cohen no solo suponen un error epistémico como señalan sus críticos académicos, sino también una aberración ético-política que justifica la violencia contra las personas autistas en tanto que les arrebata su condición de seres humanos justificando cualquier práctica para tratar de encauzar a estas personas hacia la normalidad.
En este sentido es importante destacar la historia común del neurocapacitismo y la homofobia cissexista. Los puntos en común de estas opresiones estructurales no se limitan a la cuestión primordial de la construcción del ser humano por medio de exclusiones y del paradigma médico del déficit de la que veníamos hablando, sino que se concretan en los estudios y las prácticas de disciplinas como la psiquiatría. Las etiologías de la neurodivergencia y la disidencia de género han estado históricamente enlazadas en términos causales desde la perspectiva patologizante de la medicina, si bien su relación exacta ha ido variando con la sucesión de teorías. Como señala Yergeau, a finales del siglo XIX era común afirmar que la raíz de la discapacidad mental, de la “locura”, podía hallarse en una sexualidad desviada a través de la masturbación o el homoerotismo. Si bien en la actualidad la causalidad que une autismo y género se ha invertido sigue habiendo rastros de este paradigma, notablemente en el ya mencionado y, desgraciadamente, célebre Baron-Cohen. Según Baron-Cohen la carencia de una teoría de la mente que caracteriza al autismo se debe a lo que ha acuñado como «cerebro extremadamente masculino.» [8] Partiendo de sus estudios sobre la diferencia sexual, en los que concluye la existencia de cerebros masculinos (lógicos, sistemáticos, racionales) y femeninos (sensibles, empáticos) provocados por el nivel de hormonas durante la gestación, afirma que el autismo se debe a un desarrollo extremadamente masculino del cerebro que acentúa las características racionales en detrimento de las empáticas; de esta manera el autismo tendría su origen en una desviación de género constitutiva y puramente biológica. Esta teoría ha sido muy utilizada en estudios que trataban con hombres trans autistas, aunque, por supuesto, ha sido difícilmente aplicable para la explicación de la existencia de mujeres trans autistas y está fuertemente relacionada con el infra diagnóstico del autismo en mujeres en general, puesto que su socialización hacia la labor de cuidados tiende a ocultar los síntomas a ojos de los investigadores.
Sin embargo, como señalaba anteriormente, en la actualidad la forma más común de entender la relación entre autismo y diversidad de género sitúa esta última como un epifenómeno o un síntoma de la neurodivergencia. De manera más esencial, como señala Judith Butler, «la “coherencia” y la “continuidad” de “la persona” no son rasgos lógicos o analíticos de la calidad de persona sino, más bien, normas de inteligibilidad socialmente instauradas y mantenidas» [9] esta inteligibilidad social se impone, y se manifiesta, en la coherencia de la matriz heterosexual que une performativamente sexo-género-deseo. Por ello, de base, toda divergencia de esta coherencia sexo-genérica será vista por el sistema como una fallo en la adquisición de la calidad de persona y, por ello, históricamente se ha tomado como una advertencia de posibles problemas en el desarrollo cognitivo. Si la identificación con el sexo asignado al nacer se presupone como el producto de un desarrollo cognitivo adecuado y una socialización sana, entonces se sigue que tras toda desviación de género debe haber alguna patología que afecta a esta integración cognitivo-social y a la formación de una identidad estable y normativa; la divergencia de género representa una entre otras conductas antisociales derivadas de un neurotipo cuya esencia es precisamente la asocialidad, la incapacidad de comprender el mundo social y sus demandas.
Cuando une niñe autista tiene conductas disidentes del género o incluso se autoidentifica como trans estas realidades bien se trivializan en tanto «preocupaciones especiales» [10] o «patrones rígidos y obsesivos» [11] o se patologizan en forma de conductas antisociales que deben ser corregidas y normativizadas. En último término, cuando se asume que el autismo constituye una suerte de parásito que engulle toda capacidad simbólica y agencial del sujeto, se sigue necesariamente y para todos los casos que la persona autista es del todo incapaz de comprender su propia identidad, o el concepto de género en sí, o le es imposible tomar decisiones al respecto. El género de estas personas no es el fruto de los discursos contradictorios de la cultura y la naturaleza, de la agencia y el poder, de la experiencia y la comunidad, del deseo, el gozo y el sufrimiento; su género es, simplemente, un eco, un movimiento involuntario, el revestimiento de una cáscara absolutamente vacía por dentro: “si el autismo nos fuerza a hacerlo, ¿tenemos acaso la capacidad de identificar, a nuestro ser o a nuestras prácticas, de cualquier manera que no sea patológica?» [12]
Como se ha señalado múltiples veces la cercanía entre lo crip [13] y lo queer va más allá del solapamiento fáctico de las identidades. Muchas de las teorías que han surgido de los estudios culturales queer han sido fructíferamente aplicadas al análisis crítico de la diversidad funcional. Podemos remontarnos a la figura de Foucault para realizar una analogía entre la heteronormatividad y la normatividad funcional que, en última instancia, remiten a la biopolítica y la clínica normativizantes. La necesidad de los estados modernos de producir sujetos re/productivos ha requerido el despliegue de toda una serie de tecnologías para disciplinar el cuerpo que conllevaron también una serie de saberes para determinar qué cuerpos son dóciles y cuáles deben ser corregidos y encauzados hacia esta nueva normalidad. [14] Esto se hace patente con la creación de nuevas etiquetas como el Trastorno Negativista Desafiante (TND) [15] entre cuyos criterios diagnósticos encontramos «discute a menudo con la autoridad o con los adultos» y «a menudo desafía activamente o rechaza satisfacer la petición por parte de figuras de autoridad o normas.» El efecto de este tipo de diagnósticos es la individualización, reificación y patologización de actitudes y experiencias que bien pueden ser respuestas al desarrollo bajo un sistema jerárquico, injusto y opresivo, y que podrían, cuando no se atribuyen a un trastorno personal, traducirse en asociaciones y acciones colectivas que desafiaran al sistema. La existencia de un «umbral diagnóstico» que se cruza cuando estas conductas «rebasan los límites de lo normal para el grado de desarrollo del individuo, su sexo y su cultura» no señala sino el límite de desafío que el sistema está dispuesto a aceptar antes de poner en marcha la máquina disciplinante; un límite que, como explicita la cita anterior, está diferenciado por géneros. Este desafío a la autoridad es verdaderamente el principal criterio diagnóstico de muchos de los trastornos y síndromes recogidos por el DSM-V que no es otra cosa que una máquina molar de patologización y corrección de todo aquello que se desvía de la norma.
El análisis de Yergeau respecto a las terapias de Análisis Conductual Aplicado (ABA), [16] la terapia actual más utilizada para “tratar” el autismo, pone de manifiesto esta genealogía común del autismo y la divergencia de género al señalar el uso de esta tecnología disciplinar para “curar” la desviación de género en niñes durante los años 60 y 70. A pesar del cambio de trastorno a corregir y del lavado de cara estas terapias siguen teniendo el mismo propósito de siempre, la erradicación de toda forma de disidencia y el encauzamiento hacia formas re/productivas de existencia. Este análisis señala igualmente que un cambio de paradigma respecto a la ontogénesis del autismo o de lo trans es condición necesaria pero no suficiente para garantizar la dignidad de estas vivencias. Como resalta Yergeau, las terapias ABA comparten el ambientalismo de las teorías sociales de la discapacidad históricamente reivindicadas por las propias comunidades crip y, sin embargo, han sido una de las herramientas más perniciosas para la normativización de las personas neurodivergentes y queer. A pesar de la transición de un modelo esencialista-biologicista a uno funcionalista-constructivista con el paso del poder soberano al poder disciplinario, el concepto de normalidad natural es intercambiado por una normatividad socialmente establecida pero igualmente impuesta. El poder sobre la muerte se transforma en el poder sobre la vida y la diferencia no es ya erradicada mediante la ejecución o el ostracismo sino mediante la disciplina y la asimilación; el resultado es el mismo. Esto se debe, como apunta Yergeau, a una cuestión ético-política en lugar de epistemológica u ontológica: «la cultura crip concibe futuros discapacitados, las terapias ABA no.» [17] Esta afirmación puede extenderse a la cultura capacitista en general y se hace patente en las incesantes narrativas en torno a la eutanasia de personas discapacitadas. Si bien esta es una decisión válida en el marco individual de la autonomía personal y corporal, debe necesariamente ir acompañada de una reflexión y una praxis social y colectiva que busque formas de acabar con el sufrimiento sin llevar a cabo una «nueva eugenesia del individualismo neoliberal» [18] que en su distribución diferencial de la precariedad hace que ciertas vidas (discapacitadas, locas, racializadas, migrantes, queer) sean del todo invivibles. [19]
Así pues, tras echar la mirada atrás para repasar la genealogía de las categorías del autismo y la disidencia de género, será necesario mirar hacia adelante y plantearnos qué tipos de futuros somos capaces de imaginar con las herramientas del presente. Es aquí donde lo neuroqueer empieza a tomar forma como la unión entre las teorías crip y de los mad studies [estudios locos] y la teoría queer que en múltiples ocasiones ha teorizado en torno a la futuridad de la disidencia. La cuestión aquí es imaginar un futuro que vaya más allá de la retórica eugenésica de la normatividad basada en, como diría Helen Hester, «la duplicación de lo mismo por medio de la reproducción social de los valores hegemónicos del presente.» [20] Si bien podríamos vernos tentadas a, como hacía Lee Edelman, negar por completo el futuro, [21] proclamar a los sujetos neuroqueer como anti-sociales y en contra de la futuridad en sí misma, esto tendría el mismo efecto que las narrativas capacitistas al clausurar un futuro neuroqueer entregando el porvenir únicamente a los sujetos neurotípicos y reproductivos.
En su lugar autoras autistas como Yergeau han reclamado otras narrativas queer para pensar un futuro tullido y loco entre las que podemos encontrar la idea de utopía queer de José Esteban Muñoz, en la que lo queer se toma como un horizonte trascendental de posibilidad, «todavía no somos queer. Puede que nunca alcancemos lo queer» [22] pero lo queer nos guía hacia un futuro de posibilidades no normativas. Esta propuesta nos lleva por el camino del rechazo a una utopía definida en tanto que esta solamente tendría el efecto de clausurar de antemano toda una serie de posibilidades subversivas marcando a priori aquello que es neuroqueer de aquello que no los es, aquel futuro deseable de aquel indeseable o directamente imposible. Así pues la propuesta consiste, no en decir no al futuro en sí, sino en negarse a definir cómo debe ser ese futuro. Esta apertura a la diferencia y la potencialidad también se relaciona con el concepto de «el arte queer del fracaso» de Jack Halberstam [23] a través del cual el autor reivindica el fracaso queer de adaptarse a la normatividad precisamente como una apertura a nuevas opciones, resonando a la performatividad butleriana en tanto que fracaso inevitable que abre el género a desplazamientos subversivos. [24] Esta propuesta ha sido reformulada en tanto «el arte autista del fracaso» [25] para reivindicar la incapacidad de los sujetos autistas y neuroqueer de asimilarse a las estructuras y futuridades neurotípicas, no como un rechazo a estas estructuras y futuros, sino como la apertura a la posibilidad de su desplazamiento y la imaginación de nuevos porvenires. En última instancia lo que estas posturas comparten es una apertura a la alteridad, a la contingencia, y al cambio que abraza la diferencia no ya como algo asimilable a la normalidad, sino como un lugar de resistencia y desplazamiento de aquello que se considera normal.
La confluencia de identidades crip y queer se da, en primer lugar, como producto de una serie de discursos biopolíticos que asignan etiquetas para marcar (producir más bien) aquellos sujetos que, simultáneamente, requiere para la constitución de su propia normalidad, y repudia en tanto amenaza a su supuesta universalidad; con el objetivo, o bien de su asimilación e inclusión en lo normativo, o bien de su erradicación. Esta genealogía común de lo crip-queer o lo neuroqueer se manifiesta claramente en la histórica unión patologizante de ambas condiciones que las sitúa indistintamente en el campo de lo anormal y las afronta con las mismas herramientas represoras y disciplinantes. En respuesta a la violencia estructural del estado y la psiquiatría es necesario plantear nuevas coaliciones y agenciamientos colectivos para imaginar futuros en los que estas vidas puedan ser vivibles en sí mismas y no con la condición de su asimilación a la normalidad. Lo crip y lo queer interseccionan de manera tan notable no porque haya algo inherente a estas identidades que las una de manera inevitable, sino porque el poder las ha producido conjuntamente en tanto desviación cognitivo-somática de la normatividad, y porque después, desde el seno de las comunidades construidas en torno al fracaso, se ha reformulado en tanto resistencia neuroqueer a la asimilación. La pregunta es ¿cómo reclamar y reivindicar la agencia de estos sujetos sin caer en retóricas neoliberales que nieguen las estructuras de poder y dominio que son condición de posibilidad para su emergencia?
La clave aquí se encuentra en la afirmación de Butler según la cual «el sujeto es él mismo un lugar de ambivalencia, puesto que emerge simultáneamente como efecto de un poder anterior y como condición de posibilidad de una forma de potencia radicalmente condicionada.» [26] Es decir, la construcción del sujeto autista, del sujeto disfórico de género, del sujeto loco o el sujeto perverso es, sin lugar a dudas, el efecto del poder hegemónico de discursos como la medicina, la psiquiatría, la pedagogía, la política o la filosofía; y, sin embargo, estas identidades en tanto producto de estos poderes son también una oportunidad para la alianza entre sujetos marcados por el estigma, para el desplazamiento radical de estos discursos patologizantes. Qué sucedería si transformamos la retórica de la comorbilidad, de la sintomatología, de la patología, en una retórica de la subversión, de la solidaridad, de la futuridad abierta al cambio. Más allá de definiciones sobre lo anormal que aluden a la teoría de la mente, a los niveles hormonales durante la gestación, a la ausencia del contacto en la infancia, lo neuroqueer consiste en, como afirma Nick Walker, «queerizar (subvertir, desafiar, perturbar, liberarse a une misme de) la neuronormatividad y la heteronormatividad simultáneamente.» [27]
Aquí las prácticas de contradiagnóstico y autodiagnóstico, siempre que vayan acompañadas de una buena dosis de concienciación política y praxis colectiva, serán unas de las más valiosas herramientas de los sujetos neuroqueer para construir alianzas y concebir nuevas formas de vida. En ocasiones debido a la imposibilidad de acceso a un diagnóstico oficial, o por la amenaza de violencia institucional y psiquiátrica que conlleva tal diagnóstico, o más directamente como protesta política ante el reduccionismo del paradigma médico-psiquiátrico, hay personas que se autoadscriben etiquetas diagnósticas sin intervención alguna de un profesional médico. En muchos casos el autodiagnóstico representa un resistencia y una subversión de la neuronormatividad que aspira a establecer una distinción clara y estable entre sujetos normales y sujetos disidentes, cuando este es el caso podemos usar el término contradiagnóstico acuñado por Margaret Price; «el contradiagnóstico […] subvierte la urgencia diagnóstica de “explicar” una mente discapacitada […] no se limita a imitar o reemplazar la historia convencional del diagnóstico: la arruina por completo, asalta sus fundamentos, la vuelve queer» [28] Estas retóricas alternativas tienen el efecto de volver extrañas las categorías y criterios diagnósticos produciendo un discurso contrahegemónico que disputa toda la estructura médico-psiquiátrica.
Estas prácticas, una vez más, no se alejan mucho de la vivencia de las personas queer, especialmente de las personas trans. Si bien en sus orígenes la transición de género estaba limitada a aquellas personas diagnosticadas oficialmente con un trastorno disfórico de género, en la actualidad, y gracias a la lucha del colectivo trans por su despatologización, la identidad trans (en España y en términos legales al menos) es una categoría completamente autodiagnosticada para cuya adscripción basta con la propia autoidentificación. Esto no significa que una podría levantarse cada mañana y decidir si es autista o no como quien decide qué ropa ponerse, igual que no ocurre así con lo trans, ya que estas identidades son el producto de discursos, poderes y estructuras socioculturales que empiezan a actuar sobre (y a producir a) el sujeto antes de que este siquiera adquiera una cierta autonomía Lo que esto significa es que cada persona podría dar sentido a sus vivencias y experiencias, necesariamente moldeadas por fuerzas y estructuras sociales ajenas a ellas y a través de etiquetas producidas por un lenguaje colectivo, de manera relativamente autónoma y contingente sin la supervisión de una figura de autoridad, así como construir relaciones y coaliciones colectivas en base a estas vivencias sin que estas estén delimitadas de manera rígida por una serie de criterios diagnósticos que determinaran a priori quién puede o no formar parte de una comunidad.
A pesar del potencial de estas prácticas también es importante destacar que en ellas acecha el peligro de naturalizar, reificar e individualizar las identidades diagnósticas, reproduciendo en las comunidades neuroqueer los mismos problemas que se dan en los ámbitos psiquiátricos hegemónicos. Es por esto que una parte esencial del contra/autodiagnóstico debe ser su contingencia, su inestabilidad y su interrelacionalidad, es decir, su condición queer; entender el diagnóstico no como una revelación que se da en un momento fundante, sino como una producción performativa colectiva. [29] Un ejemplo de cómo mantener esta cualidad extraña de lo neuroqueer podemos encontrarlo en la autoidentificación de Julia Rodas como «no diagnosticada, pero diagnosticable» [30] a través de la cual reclama su pertenencia a las comunidades neuroqueer y simultáneamente rechaza la concreción, la estabilidad y el estigma del diagnóstico psiquiátrico. El concepto de diagnosticable vendría a reconocer una condición neuroqueer, una cierta disidencia de la neuronormatividad, pero que no llega a concretarse en una etiqueta y una sintomatología determinadas manteniendo así una indecidibilidad que rechaza el imperativo biopolítico de adscribirse a una identidad especificada a priori. Esta indecidibilidad se asemeja en ciertos puntos a las identidades no binarias que, de manera similar, reconocen la propia disidencia, en muchos casos explícitamente política, de la cis-norma, pero se niegan a atrincherarse en una identidad concreta.
La más importante consecuencia de la diseminación y proliferación de lo neuroqueer es la inevitable desestabilización de la neuronormatividad, cuando la frontera que separa lo normal de lo disidente comienza a deshacerse la misma idea de normalidad se ve debilitada y deslegitimada y se revela como una imposición cultural contingente y violenta. En última instancia todos los sujetos somos potencialmente neuro/queer en tanto que somos susceptibles de que nuestras prácticas, nuestro sufrimiento, nuestro ser, sean patologizados y disciplinados por la máquina biopolítica. Es precisamente de la necesidad del sistema de establecer un afuera de lo normativo para legitimarse de donde podemos extraer nuestra capacidad subversiva; el camino pasa por tomar las herramientas y las armas que históricamente se han usado para reprimir a los sujetos neuroqueer y volverlas contra sus propios creadores. La clave se encuentra en transformar las etiquetas deterministas, patologizantes e individualizantes que la sociedad nos impone en las bases contingentes y mutables de agenciamientos y alianzas colectivas, y con ellas construir discursos y prácticas alternativas en vistas a un futuro concebido como una apertura radical al potencial transformador de la vida.
[1] Simon Baron-Cohen, Alan M. Leslie y Uta Frith, «Does the autistic child have a “theory of mind”?» (Cognition, 21, 1985).
[2] Shahar Shapira y Leeat Granek. «Negotiating psychiatric cisgenderism-ableism in the transgender autism nexus» (Feminism & Psychology 0(0), 2019).
[3] En este test se plantea a los niños el siguiente escenario: Sally sitúa una canica en una caja A y después sale de la habitación, Anne entonces mueve la canica a la caja B; la pregunta que se plantea es, cuando Sally entre otra vez en la habitación ¿dónde buscará la canica? El resultado que obtuvieron es que mientras que el 85% de niños no autistas “acertaron” la pregunta (que Sally buscaría en la caja A donde dejó la canica), tan solo el 20% de niños autistas lo hicieron, mientras que la mayoría respondió que Sally buscaría la canica en la caja B. Supuestamente esta prueba demostraría que los niños autistas no son capaces de comprender los estados mentales de Sally y en su lugar responden de acuerdo a los suyos propios. Baron Cohen et al. «Does the autistic child…».
[4] Siba Ghrear et al. «Are the classic false belief tasks cursed? Young children are just as likely as older children to pass a false belief task when they are not required to overcome the curse of knowledge» (PloS one, 16(2), 2021).
[5] Damian Milton, «On the ontological status of autism: the “double empathy problem”» (Disability & Society, 27 (6), 2012).
[6] Melanie Yergeau, Authoring autism. On rhetoric and neurological queerness (Duke University Press, 2018), 11.
[7] Judith Butler, Cuerpos que importan. Sobre los límites discursivos del «sexo» (Paidós, 2022), 23.
[8] Simon Baron-Cohen, «The extreme male brain theory of autism» (TRENDS in cognitive science, 6(6), 2022).
[9] Judith Butler, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad (Paidós, 2007), 71.
[10] John Parkinson. «Gender dysphoria in Asperger’s syndrome: A caution» (Australasian Psychiatry, 22, 2014).
[11] Anna I. Miesen et al. «Autistic Symptoms in Children and Adolescents with Gender Dysphoria» (Journal of Autism and Developmental Disorders 48(5), 2018).
[12] Yergeau, Authoring autism, 93.
[13] Del inglés, tullido, reapropiado subversivamente por comunidades de personas con diversidad funcional, así como para hacer referencia a estudios con una perspectiva crítica sobre la normatividad y la patologización que se imponen sobre estas diversidades.
[14] Michel Foucault, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (Siglo Veintiuno Editores, 2002), 141-3, 184-6.
[15] Asociación Americana de Psiquiatría, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM-5 (5ª ed.), (Editorial Médica Panamericana, 2013), 462.
[16] Yergeau, Authoring autism, «Intervention», cap. 2.
[17] Yergeau, Authoring autism, 109.
[18] Sandra Anchondo y Cecilia Gallardo. «La nueva eugenesia del individualismo neoliberal. Una discusión desde el modelo social de la discapacidad» (Andamios, 19(49), 2022).
[19] Me gustaría recalcar que mi intención aquí no es juzgar a las personas que desean la eutanasia, pues esto implicaría una individualización del problema y un despliegue de retóricas de la resiliencia y la asimilación igualmente neoliberales y problemáticas que culparían al sujeto por no “estar a la altura” de la vida en lugar de poner el foco en las estructuras sociales que llevan a las personas a estas decisiones. La cuestión es que el derecho individual a poner fin a la propia vida debe ir acompañado de una labor social y colectiva que asegure que, bajo la fachada neoliberal de la libertad y la igualdad de oportunidades, no sean siempre ciertos tipos de vidas las que tomen esta decisión movidas por la violencia estructural hacia sus colectivos.
[20] Helen Hester, Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción (Caja Negra, 2018), 43.
[21] Lee Edelman, No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte (Egales, 2004).
[22] José Esteban Muñoz, Cruising utopia. The then and there of queer futurity (New York University Press, 2009), 1.
[23] Jack Halberstam. The queer art of failure (Duke University Press, 2011.)
[24] Butler, Género en disputa, 284.
[25] Yergeau, Authoring autism, 144.
David Jackson-Perry, «The Autistic Art of Failure? Unknowing Imperfect Systems of Sexuality and Gender» (Scandinavian Journal of Disability Research, 22(1), 2020).
[26] Judith Butler. Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción (Ediciones Cátedra, 2001), 25.
[27] Nick Walker, Neuroqueer Heresies. Notes on the neurodiversity paradigm, autistic empowerment, and postnormal possibilities, (Autonomous Press, 2021).
[28] Margaret Price «“Her pronouns Wax and Wane” Psychosocial disability, autobiography and counter-diagnosis» (Journal of Literary and Cultural Disability Studies 3(1), 2009), 17
[29] Yergeau, Authoring autism, 162, 167.
[30] Julia Rodas, «Diagnosable. Mothering at the threshold of disability» En Cynthia Lewiecki-Wilson y Jen Cellio (eds.). Disability and mothering. Liminal spaces of embodied knowledge (Syracuse University Press, 2011), 119.