(Trabajo realizado para la asignatura Género como Principio de Organización Social)
Mi propósito más general en este trabajo es ejemplificar dos cuestiones en relación con la interseccionalidad: por un lado, que las mujeres y los hombre trans sufren una opresión distinta a mujeres y hombres cis por el hecho de ser trans, así como sufren un opresión diferente entre sí por el hecho de ser hombres y mujeres a pesar de compartir la identidad trans; y, por otro lado, cómo un grupo oprimido como son las mujeres cis puede, a pesar de sufrir una opresión, ejercer violencia contra otros grupos discriminados e incluso reproducir discursos patriarcales y racistas en el seno de movimientos que se auto-denominan feministas. Para ello me propongo analizar desde una perspectiva interseccional cómo el discurso del feminismo trans-excluyente (TERF) construye y caracteriza de manera diferencial y dicotómica a los hombres y las mujeres trans a través de estereotipos misóginos y racistas que se aplican de manera diferencial en función tanto del género asignado como del auto-identificado. Concretamente mi argumento aquí es que la retórica del movimiento TERF en su análisis del colectivo trans reproduce la dicotomía madresposa-puta analizada por Marcela Lagarde en su obra Los cautiverios de las mujeres. [1]
Lagarde plantea la existencia de una dicotomía social establecida entre la buena mujer, la madresposa, y la mala mujer, la puta. Este análisis describe cómo dentro de la sociedad patriarcal las mujeres son divididas ontológica y jerárquicamente en estas dos categorías con roles bien diferenciados: la madresposa, como su nombre indica, deberá llevar al cabo las funciones de la maternidad y los cuidados tanto de sus hijos como de su marido y por ello debe encarnar la feminidad divinizada que implica castidad, abnegación, pureza y otra serie de significantes. La puta por el contrario estará marcada por su sexo erótico que conlleva el pecado, la maldad y la indecencia. [2] Estas categorías son dicotómicas en tanto que a la puta se le niega la maternidad (a pesar de la realidad de que muchas trabajadoras sexuales son madres) y a la madresposa se le niega la sexualidad (a pesar del hecho ineludible de que para cumplir su rol tradicional de madre y esposa debe mantener relaciones sexuales); y son jerárquicas en tanto que la sexualidad de la puta la estigmatiza y la aparta del ideal de la buena mujer que encarna la madresposa. [3] Asimismo cumplen un papel complementario dentro de la economía erótica patriarcal: la madresposa representa la sexualidad buena, la monógama y reproductiva relacionada con el matrimonio al que deben subordinarse tanto hombres como mujeres, y la puta encarna la sexualidad mala, polígama y no productiva, sirviendo de válvula de escape a la poligamia que paradójicamente también se fomenta en los hombres, permitiendo que la madresposa mantenga su castidad mientras los hombres se mueven de un polo a otro. [4] En última instancia cuando sea habla de «la mujer» se habla de la buena mujer, de la madresposa, mientras que la puta ocupa un lugar subalterno y estigmatizado cuyo papel es mantener la farsa del matrimonio monógamo y la inmaculada concepción; [5] existiendo siempre la amenaza, por supuesto, de que la mala sexualidad de la puta llegue a contaminar a la madresposa. Precisamente por esto la madresposa, a pesar de su lugar privilegiado con respecto a la puta, está sometida a unos restrictivos mandatos que debe cumplir bajo la amenaza de caer a la posición de la mala mujer. A la inversa la puta está en cierto modo liberada de estas constricciones pues la posición de buena mujer le está ya vetada, a costa por supuesto del estigma y la violencia que sufre por ser caracterizada como tal. [6]
En el primer apartado de este trabajo analizaré el lugar que las mujeres trans ocupan dentro del imaginario TERF como la mala mujer, la apenas mujer, cuya hipersexualidad desviada amenaza la castidad de las buenas mujeres. Después me ocuparé de la concepción que este movimiento tiene de los hombres trans a quienes asigna la posición de la buena mujer que debe ser protegida y reconducida hacia una feminidad adecuada. Finalmente realizaré una crítica en conjunto al uso de esta dicotomía en el seno de un discurso que se dice feminista, así como de otros aspectos racistas que interseccionan en estos discursos de odio.
Los orígenes del feminismo trans-excluyente pueden trazarse hasta finales del siglo pasado con dos figuras esenciales: Janice Raymond y su obra The transsexual empire. The making of the she-male [7] y Ray Blanchard con su tipología de la transexualidad recogida en la obra The man who would be queen. The science of gender-bending and transsexualism. [8] Estas dos obras, como la mayoría de estudios anti-trans hasta muy recientemente, se ocupan casi exclusivamente de las mujeres trans afirmando que los hombres trans son tan solo un pequeño porcentaje de un fenómeno principalmente «masculino». [9] Esto se debe a que sitúan el origen de la transexualidad en el travestismo y este, a su vez, en la categoría de fetiche o parafilia que relacionan con la masculinidad. [10] Esto es especialmente notable en la tipología de Blanchard que divide a las mujeres trans en “homosexuales transexuales”, «hombres» que transicionan para gustarle a otros hombres, y “autoginefílicos”, «hombres» que sienten excitación sexual por la idea de sí mismos transformados en mujeres. [11] Para estos autores la transexualidad femenina está etiológicamente ligada de manera ineludible con la desviación y la parafilia sexual.
En estos discursos, al igual que la puta, la mujer trans está marcada por la sexualidad en su variante desviada e ilegítima, sexo es todo lo que son y en el sexo reside la razón de su ser. Es de esta concepción de lo trans de donde provienen todos los miedos y ansiedades que el movimiento TERF instrumentaliza para atacar a este colectivo haciendo sonar las alarmas por «hombres» que se cuelan en espacios exclusivos de mujeres. [12] Añadiendo que en este discurso no son meramente hombres, sino hombres sexualmente desviados y peligrosos que amenazan la castidad de las buenas mujeres. Asimismo, en su encarnación de la sexualidad las mujeres trans exoneran a la madresposa, a la buena mujer, de cualquier conexión con la sexualidad ilícita. A pesar de que estudios han demostrado que, si aceptamos su definición como «sentir excitación por la imagen de una misma como mujer», un 93% de mujeres cis son, en algún grado, autoginéfilas [13] el movimiento TERF asigna el monopolio de la autoginefilia a las mujeres trans, dejando la sexualidad normativa de las buenas mujeres intacta. Para estas autoras el transactivismo supone, en palabras de Sheila Jeffreys, «un extraordinario éxito por transformar el mundo en servicio de su interés sexual» que ha supuesto una transición engañosa «de un fetiche sexual a un derecho humano.» [14] Es decir, el movimiento en favor de los derecho de las personas trans es una conspiración encabezada por «hombres» sexualmente perversos en favor de su disfrute erótico a costa de la seguridad de las buenas mujeres, de las verdaderas mujeres.
Todas estas elucubraciones cuasi conspiranoicas se relacionan también con la visión dicotómica que estas autoras tienen sobre el movimiento trans y que traiciona una concepción profundamente misógina. Incluso en su libro más reciente Janice Raymond, a pesar de reconocer la existencia de los hombres trans y su presencia mayoritaria en este colectivo, sigue refiriéndose al movimiento trans como un «movimiento por los derechos de los hombres [lo que para ella son las mujeres trans]» [15] en el que los hombres trans son meros anexos, o peor, víctimas. Así, se presenta de nuevo a la mujer trans como la mala mujer perversa en su sexualidad que viene a corromper a la buena mujer: tanto a las mujeres cis en favor de su disfrute sexual, como a los hombres trans a quienes une a su causa a través del engaño. Esta perspectiva refleja un estereotipo machista en el que la agencia se circunscribe a aquellos sujetos que estas autoras perciben como hombres, a quienes sobredimensionan hasta el punto de la conspiranoia, mientras que aquellos que identifican como mujeres son caracterizados como pobres víctimas a las que se les atribuye falsa conciencia y en última instancia se les niega su derecho a la autonomía corporal en un movimiento retórico famosamente popularizado por el patriarcado. Este segundo punto es el que analizaré en el siguiente apartado.
Si bien los hombres trans estuvieron mayoritariamente ausentes en los ataques anti-trans de finales de siglo pasado cada vez han ido cobrando una mayor presencia en estos discursos hasta ser una de las cuestiones centrales en la nueva ola de feminismo transexcluyente que empezó a tomar forma a finales de la década de 2010. De hecho, en la respuesta de J.K. Rowling a las críticas que recibió por posicionarse abiertamente a favor del feminismo trans-excluyente (posicionamiento que podría marcarse como el detonante de la entrada del discurso TERF en el mainstream) aborda principalmente su «preocupación» por el aumento en los casos de personas transmasculinas. Si The transsexual empire supuso el ataque más voraz y dañino contra las mujeres trans, los hombres trans tienen su propia cruz con la que cargar: Irreversible damage. The transgender craze seducing our daughters de Abigail Shrier. Esta obra pretende establecer una etiología y un solución al supuesto aumento en «niñas» que transicionan e incluye prácticamente todos los estereotipos que hoy se enarbolan contra los hombres trans.
La aplicación del estereotipo de la madresposa y la concepción de la transición como una amenaza al rol de la buena mujer en esta obra comienzan desde la propia portada que nos muestra una niña con un agujero en blanco donde debería estar su aparato reproductor, concretamente su útero. Ya podemos apreciar aquí el discurso pro-natalista que acompañará a la autora durante toda la obra, no es meramente el bienestar de estos menores lo que debe protegerse sino también, y tal vez principalmente, su capacidad reproductiva. La categoría de buena mujer asignada a estas personas está ligada a su capacidad reproductiva, su potencial de convertirse en madresposa, y la esperanza de poder «rescatarlos» de convertirse en malas mujeres. El tono paternalista también atraviesa todo el libro, infantilizando a los hombres trans sin importar su edad; si bien las mujeres trans, en el análisis de Ray Blanchard que veíamos antes y que Shrier retoma, son agentes perversos que se aprovechan de la ideología de género, los hombres trans simplemente «caen víctimas de la locura transgénero.» [16] Esta diferencia también aparece en Sheila Jeffreys quien por un lado sitúa, como veíamos antes, a la mujeres trans a la cabeza de un movimiento a favor de parafilias masculinas, mientras que en el caso de los hombres trans liga su transición a abusos sexuales en la infancia o a un intento errado de huir de la opresión patriarcal. [17] El menor trans representa a la buena mujer que debe ser protegida, el hombre trans es una buena mujer caída en desgracia, precisamente por un abuso o un uso inadecuado de la sexualidad, como refleja Jeffreys al ligar transexualidad masculina con prácticas BDSM que ella considera perversas, y estas a su vez, de nuevo, con abusos sexuales en la infancia. [18] Sin embargo, si la mujer trans es ontológicamente mala mujer, no mujer, por su esterilidad constitutiva; la feminidad reproductiva del hombre trans aún es rescatable. Es por esto que el movimiento TERF está tan obsesionado con las mujeres que, tras transicionar a hombre, detransicionan de nuevo a mujer, un tema recurrente en sus libros [19] pues, no solo refuerzan sus argumentos en contra de la autonomía corporal al representar esa idea de niña-mujer vulnerable y engañada, sino que además las reinstituye, no solo como buenas mujeres, sino como santas que han enfrentado y superado la tentación. [20]
Creo que un pasaje muy ilustrativo sobre la falsa empatía y preocupación de estas autoras por los menores transmasculinos puede encontrarse en La secta: el activismo trans y cómo nos manipulan de Carola López Moya. En un fragmento en el que la autora discute los efectos secundarios del tratamiento hormonal cruzado [21] hay un claro desajuste entre hombres y mujeres trans. Al hablar de mujeres trans únicamente se menciona el aumento en el riesgo de padecer problemas cardiovasculares como ictus o infarto, un efecto sin duda no buscado y perjudicial para la salud. Por el contrario, al hablar de hombres trans no se menciona esto y en su lugar se habla del agravamiento de la voz, el crecimiento del vello corporal, el desarrollo potencial de calvicie y el crecimiento del clítoris. Ninguno de estos efectos es por sí mismo perjudicial para la salud y de hecho ni siquiera pueden considerarse efectos secundarios pues son los efectos esperados y deseados por la mayoría de hombres trans que toman testosterona. El único efecto tal vez no deseado por todos los hombres trans es la infertilidad que, de nuevo, no es prejudicial por sí misma sino en relación con unas expectativas sociales, además de existir la posibilidad de congelación de óvulos. El objetivo de este listado no es advertir de posibles efectos adversos, es invocar el miedo a la pérdida de feminidad, la ansiedad de que las buenas mujeres se transformen en malas mujeres justificando un control paternalista sobre la autonomía corporal de los hombres trans; porque, por supuesto, no hay nada peor que una «mujer» con voz grave, vello corporal, calvicie, un clítoris hipertrofiado y, todavía peor, que no pueda cumplir con su rol natural de ser madre.
Creo que podemos concluir sin muchas complicaciones que estos libros no son en ningún caso feministas, muchísimo menos feministas radicales, y sin embargo representan el pilar teórico y divulgativo de un movimiento anti-trans que insiste en autodenominarse como tal. Notablemente en la web de Contra el borrado de las mujeres, una de las organizaciones anti-trans con más presencia en España y que se define como una «alianza feminista por los derechos de las mujeres basados en el sexo», podemos encontrar un listado de «lecturas imprescindibles» entre las que encontramos la mayoría de los libros analizados en este trabajo. [22] Mi intención con este trabajo era resaltar los múltiples ejes de opresión que atraviesan y afectan de manera diferencial a diversos sujetos, así como destacar la violencia que el movimiento TERF ejerce sobre el colectivo trans. No hay ninguna duda de que estas activistas anti-trans sufren opresión por el hecho de ser mujeres en una sociedad patriarcal, pero esto no las exime de ocupar a su vez el lugar de opresoras o privilegiadas en relación con otros ejes de discriminación, así como de reproducir discursos misóginos en contra de otras mujeres, como evidencia la presencia de esta dicotomía madresposa-puta en sus discursos.
No solo son discursos misóginos y patriarcales lo que encontramos en el movimiento TERF, sino que también podemos encontrar en ellos un componente racista que vuelve a aplicarse diferencialmente a hombres y mujeres trans. Muy habitualmente la mujer trans está identificada con la otra racial que viene a amenazar la categoría de mujer blanca europea, es decir, de la buena mujer, la única mujer. No en vano las controversias en torno al deporte femenino y el reforzamiento de las restricciones para participar en esta categoría han afectado desproporcionadamente a mujeres de color como Caster Semenya o, recientemente, Imane Khelif. La puta, la racializada y la trans ocupan ontológicamente un mismo lugar estigmatizado por su amenaza a la categoría de la buena mujer, a la categoría de mujer en sí, en tanto que esta está ligada a la cisheteronormatividad monógama y a la blanquitud. Por otro lado, el discurso TERF en torno a los hombres trans habitualmente contiene un subtexto pro-natalista con sus consecuentes implicaciones nacionalistas y racistas: el miedo a perder a «nuestras» hijas y, especialmente, a perder su papel reproductivo de la nación y la etnia. [23]
Por último, creo que es importante reconocer que esta diferencia en la retórica TERF no solo tiene un componente misógino que distingue entre hombres y mujeres trans, sino que también se puede apreciar en ella una transición cronológica, desde una retórica del miedo fuertemente violenta a finales de siglo, con Raymond proclamando que las mujeres trans «violan los cuerpos de las mujeres» y llamando a «la eliminación moral» de la transexualidad; [24] hacia una nueva retórica de la «preocupación» con J.K. Rowling afirmando que el movimiento TERF es «enormemente empático hacia los adultos trans que solo quieren vivir su vida» a pesar de seguir perpetuando los mismos estereotipos de siempre. En mi opinión este cambio retórico responde, no solo a un sesgo misógino inconsciente, sino también a un cambio intencional de estrategia en respuesta a la mayor aceptación de las personas trans tanto en el feminismo como en la sociedad en su conjunto. La presencia de la dicotomía madresposa-puta en el movimiento TERF sería entonces no un error inintencionado, sino, al menos en algunos casos, una instrumentalización consciente de una retórica patriarcal y racista que, invocando la necesidad de proteger a «nuestras hijas» de la alteridad perversa y desviada, aboga por un reforzamiento de los roles de género y mantiene todavía un componente eugenésico contra la diversidad sexo-genérica.
[1] Marcela Lagarde, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas (Universidad Nacional Autónoma de México, 1990).
[2] Lagarde, Los cautiverios de las mujeres, 38-9.
[3] Lagarde, Los cautiverios de las mujeres, 565.
[4] Lagarde, Los cautiverios de las mujeres, 590-1.
[5] Lagarde, Los cautiverios de las mujeres, 365, 386.
[6] Lagarde, Los cautiverios de las mujeres, 575.
[7] Janice G. Raymond, The transsexual empire. The making of the she-male (Teachers College Press, 1979).
[8] Michael J. Bailey, The man who would be queen. The science of gender-bending and transsexualism (Joseph Henry Press, 2003).
[9] Raymond, The transsexual empire, 24, 31.
[10] Raymond, The transsexual empire, 29.
[11] Bailey, The man who would be queen.
[12] Abigail Shrier, Irreversible damage. The transgender craze seducing our daughters (Regnery Publishing, 2020), 142.
Janice G. Raymond, Doublethink. A feminist challenge to transgenderism (Spinifex Press, 2021), 155-182.
Sheila Jeffreys, Sheila, Gender Hurts. A feminist analysis of the politics of transgenderism (Routledge, 2014), 162-182.
[13] Charles Moser, «Autogynephilia in women» (Journal of homosexuality, 56:539, 2009).
[14] Sheila Jeffreys, Penile imperialism. The male sex right and women’s subordination (Spinifex Press, 2022), 219, 191.
[15] Raymond, Doublethink, 233.
[16] Shrier, Irreversible damage, 20.
[17] Sheila Jeffreys, Unpacking queer politics. A lesbian feminist perspective (Polity Press, 2003), 138, 142.
[18] Jeffreys, Unpacking queer politics, 108, 124.
[19] Shrier, Irreversible damage, 198-215.
Raymond, Doublethink, 94-115.
[20] Lagarde, Los cautiverios de las mujeres, 496.
[21] Carola López Moya, La secta: el activismo trans y cómo nos manipulan (Ediciones Deusto, 2023), 91.
[22] Shrier, Irreversible Damage.
López Moya, La secta.
Raymond, Doublethink.
Jeffreys, Gender hurts.
[23] Floya Anthias y Nira Yuval-Davis, Woman – Nation – State (St. Martin’s Press, 1989), 1-15.
[24] Raymond, The transsexual empire, 104, 178.