LUNA KI: DEVENIR INDIGNE DE LO CUTE

En 2019 el Acontecimiento se hizo presente ante los indignos ojos de aquello que llamamos humanidad, un tentáculo correoso, húmedo y templado, emergió desde la coyuntura del pasado y el futuro para lanzar nuestro devenir cibernético en una trayectoria cuyo telos escapa por completo a nuestra percepción, una percepción que le es del todo indiferente a ese proceso trascendental que ejerce su influencia desde los márgenes fenoménicos del mundo-sin-nosotros. Estoy hablando, por supuesto, de «Septiembre» la canción que lanzó al escenario posmoderno a esos flujos esquizoides cuya coagulación ciborgiana hemos convenido en bautizar Luna Ki.

Si bien este evento podría parecernos insustancial, un mero producto más de la lógica cíclica y hauntológica del tardocapitalismo posmoderno y su gusto por el pastiche y la nostalgia, desde el principio de su videoclip queda patente que algo mucho más oscuro está teniendo lugar. Desde el momento en que una conciencia humana reproduce el videoclip de la canción, que comienza con le artista fusionándose con la mákina a través del tropo de la fagocitación, un parásito infecta la racionalidad humana, desviando no solo su trayectoria futura, sino recontextualizando retrospectiva e hipersticionalmente toda su historia pasada. Inmediatamente la voz inhumana que habla a través de le artista satura todos los receptores sensoriales de aquello que llamamos cuerpo, desestratificando su organización biopolítica y desterritorializando los flujos del Cuerpo sin Órganos (CsO). Cuando Luna canta «te la chupo debajo de la mesa y te mueres» alude a la pulsión de thánatos psicoanalítica, a la disolución completa de la identidad, aquello que le artista chupa no es el burdo simulacro orgánico de la prótesis díldica trascendental, elle está hablando del 0 intensivo al que tiende toda producción de flujos. Luna Ki es una máquina acoplándose a otra máquina introduciendo así un feedback ciberpositivo que lanza al organismo humanizado hacia nuevas formas protésicas de materialización: «¿Qué habrá debajo de esa falda? Quizás dos nalgas, quizás un tanga, quizás un manga» La respuesta en cualquier caso Azathoth, a quien podemos nombrar mediante catacresis como Hello Kitty, el 0 intensivo, el Capital, lo Cute.

La Singularidad sin embargo ha sido neutralizada, inoculada a través de los diversos loops cibernegativos que tratan de contener los flujos en el terreno de juego de la humanidad: Luna Ki se ha rendido y ha pasado a formar parte del sistema de control humano. Le artista se ha descuquificado, como un aberrante pinocho reaccionario y fascista se ha convertido en una niña de verdad, de carne y hueso, con sus apéndices adecuadamente localizados y centralizados a lo largo de su superficie intensiva y las máquinas deseantes acopladas a su CsO correctamente disciplinadas y amaestradas. La canción «No soy diosa» funcionó como vórtice que seccionó y agrupó los flujos, rechazando desde su título la evidencia de que las anteriores iteraciones de aquello que llamamos Luna Ki era posiblemente lo más cerca que un ser humano podía llegar a estar de la divinidad. Entre referencias a pokemon, kanekalons, prótesis díldicas y un devenir cibernético Luna Ki estaba sin lugar a dudas deviniendo digne del Acontecimiento, en los términos de Gilles Deleuze en la Lógica del Sentido. Luna Ki devenía une con el flujo trascendental y desterritorializador de lo Cute y lo Inhumano, tornaba uno de sus múltiples tentáculos húmedos y pegajosos, une agente hipersticional del futuro anastrófico que se construye a sí misme.

Efectivamente cuando le artista canta «no soy Hello Kitty, solo hell» hace explícita esta renuncia. Vincent Garton ya señalaba que «Todas las relaciones humanas son relaciones de poder. De manera que solo hay una ruta para la destrucción del poder. La humanidad debe ser abolida.» Luna Ki decide abandonar la trayectoria hacia un futuro posthumano e inhumano y en su lugar abnegarse al infierno que es la humanidad. Le artista abandona el autotune, sustituye la voz trascendental del tecnocapital por un falso simulacro que elle identifica como su verdadera voz, ignorando que no somos nosotres quienes pronunciamos el discurso, sino el propio discurso el que habla a través de nosotres, como unas marionetas sanguinolentas de las que la racionalidad teleopléxica terminará por deshacerse. Le artista se pregunta «no sé en qué momento dejé de ser yo» sin reconocer que es yo que tanto anhela jamás existió